Una tarde nevada de diciembre —de las pocas que se pueden disfrutar en esta gran ciudad—, una mujer a la que llamaremos Julia subió a la azotea de su pequeño estudio, situado en una calle céntrica de Madrid. Era delicada, tan seductora como social y, aunque aquella tarde no tenía más planes que embriagarse del espíritu navideño, vestía un imponente vestido de tul rojo de estética militar. Era tan teatral, tan exquisito y tan innecesario que se volvía imprescindible.
¿Para qué?
—Porque puedo y quiero. Porque, incluso en la intimidad de uno mismo, el estilo se negocia— se dijo.
Julia parecía una estrella de cine envuelta en la Navidad. Lo único que le faltaba era un decorado de película, problema que se apresuró a resolver. Subió a una escalera de escalones imposibles y con gesto seguro colocó unos lazos diminutos y un sinfín de bolas doradas en su árbol de Navidad. Antes de darse cuenta, y con una intención casi ceremonial, desplegó estrellas capaces de hacer brillar el cielo de su propio decorado.
Por primera vez en su tensa relación con la Navidad, Julia sintió que aquel abeto no era solo un árbol: era el símbolo de celebración, de esperanza, de esa necesidad —tan íntima— de embellecer lo cotidiano, incluso cuando nadie mira.
Desde la azotea nevada, la ciudad se extendía ante ella como un escenario infinito dentro de su decorado. Levantó la vista y, a diferencia de otras ocasiones, no tenía más compañía que su propia figura y luces que titilaban a su alrededor. No era habitual en ella, pero aquella tarde el frío no la intimidó y el glamour permaneció intacto.
Mientras caían algunos copos de nieve inesperados, Julia aprendió una verdadera lección de estilo: no esperar la ocasión perfecta, sino crearla. Porque incluso las situaciones más domésticas, incluso las más silenciosas, pueden ser dignas de contemplarse. Como si cada día fuera una escena. Como si siempre hubiera una cámara encendida. O, simplemente, como si la magia pudiera empezar en casa.
Julia siempre creyó que vestirse bien era una cuestión de citas, de noches especiales o de miradas ajenas. Hasta que colgó la última bola y entendió que el verdadero lujo, quizá, no necesitaba testigos.
Con cariño, By Serendipity
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