Mis amables y queridas lectoras de espíritu curioso y alma viajera… Vigilantes como eternos centinelas, emergen para recibirnos dos torres gemelas que, desde sus 74 m de altura, custodian con elegancia la historia y el presente de su ciudad. Sus ojos de ladrillos contemplan orgullosos el alma viva de Sevilla mientras vigilan cautelosos cada trazo que ose rozar mínimamente su historia. A cada una de nuestras pinceladas, el perfume de azahar se siente más intenso y nos envuelve en un susurro floral que nos guía hacia los naranjales del Parque de María Luisa, pulmón verde que late en el corazón de la ciudad. Allí, donde jardines serenos y fuentes murmurando se sienten cómplices de las mejores leyendas; allí, justo donde el arte y la arquitectura se alzan como testimonio de una maravilla, Sevilla nos presenta su Plaza España.
Después del recibimiento tan perfumado, la “Venecia sevillana” nos invita a navegar en una de sus barca mientras con nuestros pinceles teñimos de turquesa su canal de aguas tranquilas. Con esmero y cierta melancolía veneciana dibujamos su edificio principal, una aleación exquisita de Neoclásico, Renacimiento barroco y Neomudéjar. No exagero si les digo, queridas viajeras, que el propio fuego andaluz ha dado color a nuestras brochas para pintar de rojo sus paredes. Contemplamos a nuestro paso, el primero de sus cuatro puentes de cerámica colorida que, galantes y delicados, cruzan el canal para presentarnos a los antiguos reinos de España: Castilla, León, Aragón y Navarra.
Entre los suspiros de su historia y el bullicio de los turistas, nuestros pinceles parecen no tener límites y esbozan con mimo un amplio hemiciclo de tan vastas proporciones que nos hace sentir pequeñas. ¡Ay queridas! Ante nuestros ojos sus muros. Como si monjes miniaturistas alguna vez hubiéramos sido, delineamos con fina maestría los azulejos que los revisten. Entonces, allí, frente a nosotras, resplandecientes y distinguidos, se presentan los cuarenta y ocho bancos deseosos de honrar y representar la historia, el arte y el carácter de cada provincia española. Con calma serena nos cuentan en cerámica vidriada las hazañas de la historia patria.
Paseamos nuestras brochas por sus galerías, por sus escaparates, teatro y oficinas y las dejamos reposar al llegar a la Fuente Traver. Nuestras muñecas necesitan un descanso y se lo damos para contemplar la belleza que se abre ante nosotras y… ¡Shhh! ¿Qué ocurre? Un rumor nos cuenta que cineastas extranjeros convirtieron la Plaza de España de Sevilla en escenario de películas como Lawrence de Arabia o Star Wars. ¡Quién lo diría, amigas lectoras!
Cuando la tarde cae y los primeros pétalos de la primavera hacen acto de presencia en nuestra escena, es el momento ideal para dejarse seducir por esta obra de Aníbal González. Por todos es sabido que, este arquitecto andaluz de bigote recio y mirada febril, supo dar vida a los sueños regionalistas y diseñar este escenario de epopeya que elevó a potencia infinita la belleza del ladrillo crudo. Damos pinceladas de atardecer acompañadas de un cuchicheo que nos lleva con su memoria hasta 1929. Sevilla, en un arrebato de modernidad nostálgica, se muestra ante nosotros engalanada para recibir a los pueblos del otro lado del mar; para tender sus brazos hacia sus antiguas hijas de ultramar. Sevilla, acicalada para la ocasión, se consolida como puente entre Europa y América Latina en la Exposición Iberoamericana, en toda una declaración de intenciones y de unión.
Culminamos nuestro paseo por la Plaza España de Sevilla posando pequeñas gotitas de pintura violeta sobre esta sevillana coqueta y altiva; sabia e inalterable ante el paso del tiempo que nos ha recibido con gracia y salero cuando la hemos contemplado por primera vez.
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Con afecto, By Serendipity









