Mis queridas y amables lectoras, anoche soñé con un Soldadito de Plomo… y llevaba falda. Hay tradiciones que no se cuestionan; iconos navideños que han permanecido intactos durante generaciones y cuentos clásicos que no envejecen.
Y por qué no admitirlo: la Navidad tiene esa extraña costumbre de convertir los recuerdos en escenarios y, con mucha frecuencia, las imágenes de sus cuentos se cuelan en nuestros sueños, donde — por cierto — todo aparece y cobra sentido, como el olor de aquel perfume antiguo que te embriaga sin haberlo usado antes.
Así que, sí. Anoche soñé con la figura que Hans Cristian Andersen nos presentó en 1838. Lo hacía como siempre: como un guardián silencioso; como un personaje definido por la disciplina, la rectitud, la inmovilidad. Aunque lo que realmente despertó mi interés fue que aquel Soldadito de Plomo… era mujer.
Soldadito de plomo: del cuento clásico al icono
Entonces caí en la cuenta… ¿Por qué no plantear un soldadito de plomo como icono? ¿Por qué no proponer una nueva lectura desde el lenguaje de la moda? ¿Por qué no hacer una nueva reinterpretación de su figura y transformarla en una silueta femenina, alargada y ceremonial?
Después de todo, aquel sueño me dio alas para imaginar y comprender bien que mi Soldadito de Plomo debía alejarse lo máximo del mero disfraz. Lo mejor que podía hacer era despertarme y realizar mi propia interpretación.
No una metamorfosis dramática, sino una lectura cuidada, donde cada elemento formara parte de una composición editorial. Pensé entonces en una soldadito femenina de silueta clásica y alargada, sustituyendo el rígido uniforme militar por una falda larga y estructurada, que no anulaba la rigidez, sino que la prolongaba.

El peso de su tejido y la verticalidad del conjunto debían remitirme a la moda de principios del siglo XX: elegancia contenida, presencia, ocupar espacio sin renunciar a la estructura.
Cuando la disciplina se convierte en estilo
Su chaqueta militar sería impecable y una prueba más de mi teoría. Siempre me ha parecido que la moda militar es una de las grandes contradicciones del vestir: nació para borrar la individualidad y terminó siendo uno de los lenguajes más personales de la moda editorial y de las pasarelas.
Hombros definidos, líneas limpias, botonadura marcada, ribetes dorados. Elementos pensados para el orden y la jerarquía que, trasladados al diseño contemporáneo, se convierten en símbolos de elegancia, carácter y presencia.
Tal vez el dorado, en moda, sea exceso; tal vez, en el uniforme, sea respecto… Tal vez, en mi reinterpretación, no sea más que elegancia y carácter. Dialogando con él, cobraron fuerza el rojo profundo y el verde bosque como paleta cromática que se debate entre la tradición y la sofisticación.
La elegancia de la quietud
En mi sueño, el poder no se manifestaba con una figura que avanzaba o desfilaba; tampoco con una figura que necesitaba demostrar algo. El poder residía en permanecer silencioso como un guardián de palacio.
Supe entonces que mi soldadito femenina debía ser como aquellas mujeres de otra época en las que imponían respeto sin levantar la voz, solo con su mera presencia.
Y pensé que quizá Andersen nunca imaginó a su soldadito como mujer. Pero, tal vez, sus cuentos siempre hablaron de algo más que plomo y uniformes: de resistencia silenciosa, de belleza contenida, de mantenerse fiel incluso cuando el mundo cambia de silueta.
Y me pregunté —como siempre— si los sueños no serán el mejor lugar para reinventar los iconos.
Con cariño, By Serendipity
Sigue leyendo artículos relacionados:
-Chaquetas militares y faldas plisadas: el nuevo uniforme del estilo conquista el street style
-Alta costura y estética militar: moda, autoridad y poder
-Glamour cotidiano: alta costura para una cita conmigo misma









