En una noche estrellada, con el perfume de las rosas flotando en el aire, Manuel y Clara se encuentran en un balcón de madera, testigo de un momento inolvidable. Con un gesto caballeroso, él le ofrece su mano y la invita a bailar. Guiados por el compás de sus corazones, inician el vals que marcará el inicio de su historia. Un instante mágico donde el tiempo se detiene y el amor comienza su eterna danza.
“¿Me concedes este baile? Esta vez, con serenidad y cordura formularé la pregunta; aunque mi corazón al galope me haga tropezar con mis miedos y su respuesta”, me dije mientras con mi mirada seguía el contoneo de sus caderas y su silueta se perdía entre los asistentes a la fiesta.
Aún me acuerdo de la irritante, pero franca sonrisa de Clara. De su titubeo encantador y gentil arrojo; de sus respiración apasionada y exhausta. Su mirada era tan frágil y embriagadora que me transportaban a un universo aún inexplorado; de ojos negros ocultos tras un parpadeo incesante que irradiaban timidez. Sus labios eran frambuesas dulces y sensuales como sus movimientos; sus cabellos, finas hebras de miel perfectamente colocadas.
Yo, caballero de finas manos y palabra mesurada, apoyado sobre la baranda de un amplio balcón, aguardaba mi momento. Clara, partía de la extremidad del salón, donde tenía lugar el baile, para atravesarlo con premura en mi dirección. No sé si impulsada por un deseo de tomar el aire o conversar con este caballero que narra cuanto pasó aquella noche. Tomé postura erguida, mis palabras tropezaron unas con otras hasta relajarse en una inocente y discreta charla con la bella Clara. La miré y reconocí su entusiasta señal.
—Señorita Clara, me concedería usted el honor… —dije, extendiendo mi mano con un delicado atrevimiento.
—¿Bailar .. Aquí? -me contestó mientras con una mezcla de asombro y dudosa timidez extendía su mano dando por cumplido mi deseo.
—¿Por qué no? Bailemos donde la vida nos permita —respondí dejando que una de mis manos se posara sobre la suya y la otra, con sumo respeto, la tomara por su cintura.
Cerré mis ojos. Clara cerró los suyos. Imposible olvidar aquellos primeros pasos, tan cautos, tan temerosos de quebrar el hechizo. Acompasados, vergonzosos, guiados por un vals lejano que sonaba entre el rumor de los asistentes. Bailamos y poco a poco la cadencia del roce de nuestros zapatos contra la madera se convirtió en nuestra sinfonía privada.
En un singular movimiento, las rosas se mecían suaves a nuestro alrededor cómplices de nuestro inusitado baile. Cuando Clara alzó su mirada, me descubrió mirándola. En mis ojos una promesa sin palabras: aquel no sería mi último baile con ella.
Y así, entre estrellas y rosas, Clara y yo iniciamos nuestra danza eterna en aquel balcón olvidado por el tiempo.
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